Mi instante decisivo

Algunos heredan la pasión por la fotografía de sus padres y nacen ya con una Nikon bajo el brazo. Otros muchos, entre los que me incluyo, viven sus vidas ajenos a este arte hasta que un día concreto, sin buscarlo, se despierta el interés por la fotografía en su interior y nada vuelve a ser lo mismo. En mi caso recuerdo perfectamente ese momento particular. Fue en el verano de 2009. Tenía 34 años y todas las fotos que había realizado hasta ese momento no eran más que los recuerdos familiares y turísticos que todo el mundo tiene en el disco duro. Yo no tenía ni idea de lo que era un obturador y conceptos como profundidad de campo me sonaban a chino. De día trabajaba en la sanidad y de noche me escapaba a observar las maravillas del cosmos con mi telescopio. Y fue precisamente en una de estas salidas nocturnas donde empezó todo.

Al principio era fácil conseguir acompañantes para mis salidas de observación astronómica. Siempre lograba convencer a alguien con frases como: “Si vienes conmigo bajaré la Luna para ti”, o “Acompáñame esta noche y gozarás con los anillos de Saturno”. Pero claro, cada uno tiene sus propias inquietudes y a la gente sólo la engañas una vez. Así que llegó la mágica conjunción entre la Luna, Marte y Venus del verano de 2009 y me encontré solo en medio de la noche ante aquel maravilloso espectáculo natural. Era una noche especialmente despejada y la visión de los tres astros brillando conjuntamente en el firmamento era una delicia. Pero las cosas buenas se disfrutan la mitad si no tienes alguien al lado que te diga “Oh, sí, Johny, es maravilloso”. Y con esa sana intención de compartir posteriormente aquella escena tan bonita saqué de la mochila una cámara compacta que llevaba por casualidad. Realicé unas cuantas fotos a pulso a través del ocular del telescopio y otras tantas al desnudo encuadrando un poco de paisaje.

Qué decepción cuando llegué a casa y descargué las fotos. Las que no estaban trepidadas o desenfocadas estaban oscuras y con un grano de color horroroso. Ninguna imagen hacía justicia a aquella preciosa escena que había presenciado. ¿Cómo iba a convencer a alguien con esas fotos inertes e indescifrables? Muerto de indignación y rabia decidí descargar un par de manuales de fotografía por internet en ese mismo instante.

Ya nada volvería a ser igual.

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